En este pasaje de San Marcos del Capítulo XII, Jesús le recrimina a los saduceos dos cosas, no creer en las Escrituras; y no creer en el poder de Dios. Porque la fe nos lleva a descubrir desde las Escrituras, el poder de Dios.
Dios es el poderoso, el que puede, yo no puedo, “lo que no es posible para el hombre, es posible para Dios”. Y esto es lo que los saduceos no habían descubierto. Y no habían visto, además, en los milagros de Jesús, al enviado de Dios, al que tenía el poder de resucitar muertos, de curar enfermos, de limpiar leprosos.
Jesús es el poderoso, el fuerte. La cruz fue su humillación, pero la resurrección de Cristo fue su exaltación. En la resurrección del Señor aparece su poder, su fuerza, su exaltación. Es elevado al cielo, está sentado a la derecha del Padre, va a venir desde allí a juzgar a los vivos y a los muertos. Es Señor de las cosas visibles y de las invisibles. Se le ha dado un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, y en los abismos. Él es Cabeza del Cuerpo Místico. Él es el unigénito del Padre. Él es el resplandor de la gloria del Padre. Él va a venir a juzgar. Él, como Cabeza del Cuerpo Místico, Él el Señor, el ungido, Él a quien hemos visto lleno de gracia y de verdad, Él de quien recibimos gracias sobre gracia, ese Unigénito de Dios, ese Cristo el exaltado, el poderoso, Él nos da su espíritu. Y al darnos su espíritu, nos da su salvación. Y al darnos su salvación, nos da la participación en su gloria. Y al darnos la participación en su gloria, nos da su resurrección.
Hasta ahí llega toda la fuerza de la fe. Creer en Dios, creer en Jesús, es proclamar su poder y su fuerza. Es confiar humildemente en que es el poderoso, el que puede, Él hará que también nosotros, podamos.

¿Qué entienden nuestros padres o nuestros hijos cuando decimos familia, persona o libertad? ¿Y cuando decimos que algo está bien o mal? Para poder educar es necesario entender los mismos significados acerca de las mismas palabras.