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Cristo causa una verdadera revolución (Mc. 3, 31-35)

Estos son mi madre y mis hermanosLa Gens o tribu pagana estaba cohesionada por los lazos de la sangre, y nadie que no tuviera esa sangre familiar podía pertenecer a la Gens. El mundo pagano era muy celoso de custodiar estas familias, tribus, ciudades, cerradas en su propia realidad. La familia pagana no participaba ni compartía con nadie que no fuera de la familia, nada.

El pueblo judío, si bien no tenía toda esta formalidad pagana, que además se expresaba en los modos de construir las ciudades, las casas las hacían sobre terrenos circulares, donde enterraban sus muertos, y donde el padre de familia se transformaba en el sacerdote de la familia, que debía mantener prendido el fuego con que se honraba además a los propios dioses familiares, porque las familias tenían también sus dioses protectores, sus manes domésticos, y éste era el patrimonio familiar que se custodiaba celosamente.

El pueblo judío también estaba cerrado en una realidad religiosa, porque era el pueblo de Dios. Y esta relación de pueblo de Dios era una relación exclusiva y excluyente, y por eso no podía participar ni compartir con los gentiles, y si participaba o compartía algo con los gentiles, el judío quedaba manchado. Esta era la estructura social del mundo antiguo, por eso podemos decir que esta expresión de Jesús genera una verdadera revolución, ya no se mirarán ni las realidades de ligazón familiar por la carne o por la sangre, ni siquiera por el pacto de la antigua alianza, todo esto se iba a desplomar. Se va a desplomar el mundo antiguo, y va aparecer esta nueva forma de incorporación y participación del hombre en el misterio del reino de los cielos. ¿Quién es mi padre, mi madre y mi hermano? el que cumple la voluntad del Padre. Y entonces se desploman todas las categorías sociales, temporales, humanas, y aparece este sentido universal de fraternidad familiar, que procede de la fe en un mismo Dios, creador, salvador, y redentor.

Por eso San Pablo, haciéndose eco de esta expresión del Señor en el Evangelio dirá: ya no somos ni extranjeros, ni forasteros. Cuando llegaba un extranjero o forastero a la ciudad antigua, no tenía posibilidades de compartir nada, quedaba afuera. Y el peor castigo que le podían hacer a un pagano era desterrarlo, sacarlo fuera de su familia, y de su ciudad.

San Pablo dirá: ya no somos forasteros ni extranjeros, sino que somos ciudadanos del reino de los cielos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los Profetas y de los Apóstoles, donde Cristo es la piedra angular. Y este mismo Cristo va edificando el edificio, ensamblado. De modo que nosotros podamos incorporarnos a la edificación de este edificio, siendo morada de Dios por el espíritu. Y aquí entonces aparece el hombre nuevo del reino nuevo de Dios. He aquí dirá el Señor, que hago nuevas todas las cosas.

 

Padre Fosbery

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