Este tiempo de Navidad, es una buena ocasión para hacer crecer nuestras virtudes teologales, aquellas virtudes que tenemos infundidas por Dios en nuestra alma, a partir del bautismo. Y que tienen precisamente como objeto directo y primario a Dios: la fe, la esperanza, la caridad.
El nacimiento del Señor hace posible la fe, porque la adhesión de nuestro espíritu a la verdad revelada, es posible a partir de que se nos revela la verdad. Y la verdad se nos revela en el Verbo de Dios encarnado.
La noche de Navidad, cuando celebremos la eucaristía, cuando participemos de la celebración eucarística, y después según la vieja tradición de la Iglesia nos acerquemos humildemente a besar el pequeño Niño del pesebre, estaremos haciendo el acto más exquisito de fe. Estaremos mostrando la adhesión de nuestro espíritu a la revelación de Dios. Y estaremos además mostrando, que queremos transitar los caminos de comunión con Dios.
El crecimiento de la fe se da a través de lo que llaman los teólogos incrementum intensivum, crece la intensidad de este hábito que ha sido difundido en nuestra inteligencia para poder adherir a la palabra de Dios. Hay una suerte de perfección mayor en el arraigo de este hábito, que hace que de ninguna manera podamos ser separados de esta adhesión de Dios. Y por eso el acto último, el testimonio más perfecto de esta adhesión, es el martirio.
Pero también podemos percibir el perfeccionamiento o incremento de nuestra fe, en esa rica trama, en ese complejo panorama, que comportan los actos interiores propios de la fe, y que configuran nuestra estructura psicológica del acto de fe.
La Navidad entonces es un buen momento para poder incrementar nuestra confianza en el poder de Dios. Creer es creer en el poder de Dios, “que Dios es el poderoso y puede hacer de las piedras hijos de Abraham” (Mt. 3, 9).
Creer es asumir con confianza la misericordia de Dios, es tener confianza en su misericordia, en su amor, en su perdón. Creer es refugiarse en Dios, en su poder, y salir de las sospechas, de los temores, de las dubitaciones.
La Navidad es un buen momento para refugiarme en Dios, para descansar en el Señor.
La Navidad es un buen momento para tomar conciencia de que he recibido la misericordia, el perdón de mis pecados: “Tu fe te ha salvado”. La fe nos salva, porque por la fe en el Señor Jesús se nos perdonan los pecados (Mt. 9, 22).
La Navidad es un buen momento para percibir la misericordia de Dios en nuestras almas.
La Navidad también es un buen momento para crecer en la sumisión a la palabra de Dios, adhesión y obediencia a la palabra de Dios.
La Navidad es un buen momento para crecer en la experiencia del misterio de Dios en mi vida, para percibir la presencia de Dios en mi conocimiento, y en mi amor.
La Navidad es un buen momento para purificar interiormente mi corazón.
La Navidad es un buen momento para percibir quien soy yo, y quien es Dios. Y desde ahí purificar de nuevo mi comunión con Dios. Descubrir el sentido una vez más, el sentido de su llamado, de su elección, de mi vocación, y de mi respuesta (Mt. 21, 28-31).
La Navidad es también un buen momento, por la purificación interior del corazón, para percibir esta creatura nueva que soy, para tomar conciencia e incrementar esta realidad de que por la fe Dios me participa el conocimiento divino. Dice Santo Tomás que por la fe soy revestido por Dios, y entonces me miro a mí, y miro a las cosas como si las mirara con los ojos Dios (Mt. 5, 13-16).
La Navidad es un buen momento para purificar estos ojos carnales, cargados de concupiscencia, de tiempo, y de aburrido espacio temporal, para purificarlos y limpiarlos, y mirar las cosas con los ojos Dios (Mt. 5, 8).
La Navidad es en definitiva, un momento para instalar nuestra vida en el pesebre junto al Niño Dios, junto a la Virgen, junto a San José, y tener la experiencia del sosiego interior, de la confianza en Dios, de la confianza en el auxilio divino, de la paz interior, de la seguridad en Dios, en su poder, del encuentro con el misterio de Dios en mi vida, y desde ahí descansar, aguardar, esperar (Mt. 11, 28-30).

¿Qué entienden nuestros padres o nuestros hijos cuando decimos familia, persona o libertad? ¿Y cuando decimos que algo está bien o mal? Para poder educar es necesario entender los mismos significados acerca de las mismas palabras.